sábado, 14 de julio de 2012

EL TIO AMABLE Y LA “MARCHA NEGRA”

Octavio Getino

Hay momentos en que basta una pequeña señal, sea del tipo que fuere, para que algo ilumine en nuestra memoria imágenes que estaban casi perdidas o con el riesgo de perderse. Esa señal, en lo que a mi hoy me toca, es la reciente “Marcha Negra” de los mineros de algunas provincias del norte de España. Y digo esto, porque a nací en un pueblo de León poco antes del inicio de la llamada Guerra Civil y una de las imágenes que aún me tocan de cerca es la de un minero leonés, el tío Amable –Amable Tascón-, hermano de mi madre, preso durante la guerra en la cárcel de San Marcos, convertida años después en uno de los paradores hostales más aristocráticos, sea por su valor histórico como por el turismo de alto nivel con que se sostiene, en la propia ciudad de León. Allí, el tío Amable, condenado inicialmente a muerte –por “rojo”-  y luego absuelto, supo trazar en pequeños listoncitos de metal plateado el nombre de mi madre, Isabel, armando así– supongo que con  la ayuda de algún artesano también condenado-  una pequeña pulsera plateada que aún conserva  una de mis hijas en Buenos Aires, tras haber pasado por diversas manos, entre ellas las de mi hermana. 

Eran los primeros años de mi infancia y de los cuales todavía conservo el ruido de las descargas de fusilería que venían desde el otro lado del río, en León, adjudicadas por mi padre a los fusilamientos que allí –en los bordes del Torío- tenían lugar por parte de los franquistas. Pero la imagen que aun persevera es la del tío Amable, ya concluida la guerra, cuando me acogía en su  casa rural de Robles del Torío, en la zona minera de Matallana, y me instaba a leer, en mis escasos días de vacaciones escolares junto a él, alguna de las obras de la literatura clásica europea.

Confieso que, en mi caso,  prefería leer las historietas que aparecían en “TBO” –o en las colecciones de “CIA”, “FBI” o “Rastros”- y que si me arriesgaba a leer aquellos textos, publicados en doble columna y con tipografía tan minúscula como cansadora, era porque el tío Amable seguía de cerca mis lecturas, sobre todo cuando en las tardes regresaba de la mina, con el rostro ennegrecido por el carbón y una pequeña lámpara colgada del hombro.

Son retazos de memoria que hoy afluyen, alimentados por la reciente “Marcha Negra”, en la que cientos de mineros, muchos de ellos procedentes de León, hicieron valer su dignidad a lo largo de kilómetros de una España sometida y humillada, convencido de que ninguno de ellos conoce ni de lejos lo que fue la historia del tío Amable en aquellos años de la Guerra Civil y de la II Guerra Mundial, pero claro anticipo de la autoestima que han demostrado los compañeros que lo siguieron en su labor –hoy  casi agonizante- para extraer el mineral con el que millones de españoles en aquellos años daban calor a sus hogares y movilizaba la energía de las industrias y del trabajo.

Vaya este inusual recuerdo como homenaje a quienes intentan en España desarrollar con sus marchas negras o multicolores sus elementales la dignidad humana y la justicia social, así como la democracia verdadera, aquella que excede la mera confrontación electoral o partidista y se legitima con el reconocimiento de los derechos equitativos para todos.

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