sábado, 3 de julio de 2010

TURISMO. ENTRE EL OCIO Y EL NEGOCIO. CAPÍTULO 2.

2. EL TURISMO COMO PARTE DEL “TIEMPO DE OCIO”
Del “Homo sapiens” al “Homo ludens”
“¡O Meliboe, Deus nobis hoec otia fecit!”.
(“¡Oh, Melibeo, esta ociosidad nos la ha dado un dios”!)

VIRGILIO, “Bucólicas”

Una inteligente mirada sobre el turismo no es aquella que se circunscribe a lo específico del sector como tal, sino la que lo enmarca en un campo más amplio y totalizador que es el del llamado “tiempo de ocio”, una instancia que ha merecido reflexiones y políticas por parte algunas naciones desarrolladas, en particular después de la Segunda Guerra –incluso algunas naciones llegaron a tener sus ministerios o secretarías gubernamentales del “tiempo libre”- pero que adolece todavía de preocupación alguna por parte de las políticas oficiales de los países subdesarrollados e incluso de investigadores y cientistas locales.  Carencia que sólo es equiparable a la que existe sobre el tiempo de trabajo sea para posibilitarlo efectivamente –lo cual sería un verdadero éxito en el contexto de desempleo y exclusión que muchos países padecemos- o bien para, una vez instalado, hacer del mismo un recurso que exceda la simple labor productiva y sirva a los trabajadores para el desarrollo de su formación y aptitudes integrales. Con el consecuente beneficio del conjunto del tiempo –tiempo de trabajo y tiempo libre y de ocio- como integralidad.

Cabe distinguir en este punto, lo que algunos estudiosos han demostrado como las diferentes categorías de tiempos sociales que coexisten en la sociedad actual: tiempo de trabajo obligado y remunerado que incluye los momentos relacionados con él, por ejemplo, los que ocupan el desplazamiento al lugar de trabajo; tiempo de trabajo no remunerado, el dedicado al estudio o a la formación profesional, por ejemplo; tiempo familiar, de atención y relaciones en el interior de la familia; tiempo biológico, destinado a la alimentación y al sueño para recuperar energías; y tiempo libre que incluye las actividades libremente destinadas a prácticas políticas, sociales, religiosas, artísticas, de entretenimiento y de ocio. Es dentro de estas últimas donde ubicamos las de carácter turístico.
En última instancia, se trata de enfocar el tema del turismo como parte inseparable del tiempo libre de los individuos –en particular del tiempo de ocio- y a éste en su estrecha interdependencia del tiempo de trabajo. Tiempos ambos que deberían ser concebidos, como una posibilidad y una necesidad social que es la de potenciar las capacidades de los individuos, para el ejercicio pleno de su libertad.
El turismo y el tiempo de ocio o tiempo libre, son dos elementos inherentes a la naturaleza humana y pueden ser encontrados juntos o por separado a través de todas las culturas, desde la aparición del hombre sobre la tierra. Pero a diferencia del tiempo de ocio que fue enaltecido y disfrutado por las primeras grandes filosofías de la historia, el tiempo de ocio, tal como hoy lo conocemos, apareció hace poco más de un siglo, como producto de una conquista sobre el tiempo de trabajo. Un tiempo de relativa libertad que nació a su vez de otras conquistas adquiridas en el marco de cierto progreso social.
La relación resulta clara: mientras mayores sean los derechos que una sociedad posea sobre su tiempo de trabajo (actividad heterónoma), mayores serán los existentes sobre su tiempo libre (actividad autónoma). O, de igual modo, a menores derechos en uno de esos tiempos, menores serán también las posibilidades en el otro.
O también, a tiempo de trabajo enajenado, corresponderá por igual un tiempo libre enajenado. Tal como señalaba Carlos Marx hace casi siglo y medio, en la sociedad capitalista que define o al menos condiciona fuertemente el sentido y el valor del tiempo que vivimos, el trabajador no es desde que nace hasta que muere, más que fuerza de trabajo. “Por tanto, todo su tiempo disponible es, por obra de la naturaleza y por obra del derecho, tiempo de trabajo y pertenece, como es lógico, al capital para su incrementación. Tiempo para formarse una cultura humana, para perfeccionarse espiritualmente, para cumplir las funciones sociales del hombre, para el trato social, para el libre juego de las fuerzas físicas y espirituales de la vida humana –aun en la tierra de los santurrones adoradores del precepto dominical: todo es pura tontería. En su impulso ciego y desmedido, en el hambre canina devoradora de trabajo excedente, el capital no sólo derriba las barreras morales, sino que derriba también las barreras puramente físicas de la jornada de trabajo”.
La explicación es simple: el tiempo del hombre, como el de las leyes de la naturaleza, es uno solo e indivisible. Son los conflictos entre fuerzas y clases sociales los que han proyectado sus antagonismos en el tiempo a manera de escisiones. Tiempo libre o de ocio y tiempo de trabajo, término este último que denota claramente la inexistencia de libertad (no libre) que lo caracteriza, con lo cual el llamado tiempo libre tampoco es tal, dado que para serlo dicha libertad debería existir también en el de trabajo. De lo cual se deduce que sólo cuando éste último se viva como tiempo libre, y a su vez éste como tiempo productivo y creativo, se restituirá la unidad e integridad del tiempo, sin aditamentos de ninguna clase. Todo esto tiene que ver con el turismo, dado que cualquier definición que se haga del mismo, alude a los dos tiempos referidos.
En la década de los 60, la Unión Internacional de Organismos Oficiales de Turismo (UIOOT), actual Organización Mundial de Turismo (OMT), definía al turismo como “la suma de relaciones y de servicios resultantes de un cambio de residencia temporal y voluntario, no motivado por razones de negocios o profesionales” ; es decir, por razones de lo que conocemos hoy como “trabajo”.
Con ligeras variantes, casi todas las definiciones posteriores coinciden en los mismos criterios, asociando el turismo al empleo del llamado tiempo libre y excluyéndolo de los asuntos relacionados con el trabajo y los negocios. La actividad turística queda sí enmarcada en el espacio de lo que la cultura griega concebía como schole, y la latina como otium. Opuesta, por lo tanto, a los propósitos de quienes practican el a-schole o el negare-otium , es decir, el neg-otium o  neg-ocio.
Partiendo de estas definiciones, queda claro que el turismo resultaba impensable hasta el siglo XIX en los términos con que lo concebimos en la actualidad.
Hasta el siglo pasado, ni en los pueblos más primitivos, ni en toda la Europa de la Edad Media y del Renacimiento, podemos encontrar un solo ejemplo de sociedad que considere el trabajo como fuente de virtudes cívicas. El trabajo, antes que derecho, era simplemente un castigo divino, tanto para los egipcios como para la tradición judeo-cristiana y, con ligeras variantes, para la civilización greco-latina.
A este respecto, dice así un antiguo texto elaborado en el apogeo de la civilización egipcia: “Escribe en tu corazón que debes evitar el trabajo duro de cualquier tipo y ser magistrado de elevada reputación. El escriba está liberado de tareas manuales; él es quien da las órdenes”. Los propietarios de esclavos de Egipto o de Grecia no concebían al hombre en el trabajo manual, sino en el servicio de los dioses, los juegos corporales o el ejercicio de la inteligencia. Esto es lo que los griegos denominaban schole. “Yo he visto al metalúrgico cumpliendo su tarea en la boca del horno, con los dedos como los de un cocodrilo —agrega el texto egipcio— Hiede peor que la hueva del pescado. ¿No quieres adquirir la paleta del escriba? Ella es la que establece la diferencia entre tú y el hombre que maneja un remo”.
Los griegos repiten, sin mayores variantes, la misma concepción. Platón, sentencia al respecto: “La Naturaleza no hace zapateros ni herreros, tales ocupaciones degradan a quienes las ejercen: mercenarios, miserables sin nombre que son excluidos por el Estado de sus derechos políticos. En cuanto a los mercaderes, acostumbrados a mentir y a engañar, sólo serán tolerados en la ciudad como mal necesario. El ciudadano que resulte envilecido por el comercio será perseguido por tal delito. Si lo ha hecho por convencimiento será condenado a un año de prisión. Y a cada reincidencia la pena le será doblada”. 
El hombre libre de ese entonces, no el esclavo, obviamente, tenía la obligación de dedicarse exclusivamente a los juegos corporales y al ejercicio de su inteligencia. Era un auténtico y específico homo sapiens y tenía la irrenunciable necesidad de cultivar su inteligencia, además de su físico, por lo cual le estaba vedada cualquier otra actividad considerada inferior. La política incluso, no constituía un fin en si misma, sino un medio del que se servían los ciudadanos –los nobles de la época-  para conservar su privilegiada condición de hombres libres.
“Economizad el brazo que hace girar la muela, molineras, y dormid plácidamente. ¡Que el gallo os advierta en vano la llegada del día!…¡Vivamos la vida de nuestros padres y divirtámonos ociosos de los dones que la diosa nos concede!”, tal era el canto del poeta griego Antíparos, según Paul Lafargue, yerno de Carlos Marx, quién a su vez nos recordaba también en 1883: “Jehová, el dios barbudo y hosco, dio a sus adoradores el supremo ejemplo de la pereza ideal: tras seis días de trabajo, descansó toda la eternidad”.
El trabajo y el negocio estaban, de esta manera, aceptados antes de Cristo como “males necesarios”, luego se reducirían a maldición divina. “La inmensa mayoría de la población europea medieval tiene la necesidad de ganarse el pan con el sudor de su frente, pero ni siquiera la Iglesia pretende extraer virtudes de ese aspecto de la condición humana. El pueblo trabaja porque no tiene más remedio, pero quien logra llegar al lugar selecto del grupo de holgazanes, dedicará el resto de sus días a consolidar la nueva situación”.
La justificación filosófica, religiosa o moral se correspondía con la necesidad de conservar los privilegios de los “hombres libres” o de los “ciudadanos”, y luego, de las clases sociales dominantes. Además, el ocio no era improductivo, ya que a través del ejercicio de la religión, el pensamiento, las artes o la política, participaba activamente en la conducción de civilizaciones, por otra parte imposibles en un sistema económico y social democrático justo, según lo entenderíamos hoy.
Legitimado el ocio durante siglos en el Viejo Continente, fue literalmente abolido tras la Conquista en el nuestro. La acumulación de riquezas que con auxilio de la Cruz y la Espada guiaba a la Corona Española, impedía el disfrute de dicho tiempo inclusive a quienes estaban a cargo de evangelizar o de ganar batallas. Los vencidos entraron de lleno en el trabajo esclavizado -aunque algunos evangelizadores lo condenasen en nombre de la Divinidad- y la ociosidad, que tampoco era  legitimada en algunas de las civilizaciones precolombinas, pasaría a figurar en el léxico común como una mala palabra. “Vicio de gastar el tiempo inútilmente”: tal la definición que se incorporaría tiempo después al “Pequeño Diccionário da Lingua Portuguesa”, conocido popularmente como “Aurélio”. (Aún hoy, el “Petit Larousse” define a la ociosidad como “vicio de no trabajar: perder el tiempo”).
Sin embargo, en la vieja Europa, el ocio fue un ideal que rigió durante muchos siglos en las elites ilustradas y en los dueños del poder, concebido como un tiempo necesario al disfrute de sus privilegios. Incluso se mantuvo hasta ya muy avanzado el proceso de descomposición de la monarquía en el siglo XVIII. Aquellos hidalgos españoles, por ejemplo, que la novela picaresca nos muestra optando por una espantosa miseria antes que sufrir la degradación del trabajo, o aquella nobleza tambaleante y exhausta que se aferraba todavía a sus desmesurados privilegios en momentos que la Revolución Francesa ya había difundido a los cuatro vientos una nueva visión de la justicia y de los derechos del hombre, estaban defendiendo, aun sin saberlo, el ideal humano de los griegos, aunque luego no supieran qué hacer con sus vidas.
Pero si no existía el derecho al ocio, salvo para las elites y los nobles, tampoco existía como tal el derecho al trabajo, ni en Europa ni en América. Este, como ya se sabe, aparecía como maldición, lo que obligaba al hombre ejecutarlo en esos mismos términos desde antes que saliera el sol hasta mucho después de que aquél se ocultase, y sin otros momentos “libres” que fueron los dedicados a cumplir con las obligaciones religiosas. Todo tiempo de no-trabajo era impuesto desde afuera, a manera de fatalidad, por causa de sequías, heladas, epidemias, guerras o catástrofes.
Las condiciones de vida eran tan precarias que la propia idea de felicidad, por inimaginable, fue desconocida en Europa y por su intermedio en nuestro continente, hasta finales del siglo XVIII.
“Desde el inicio de la civilización hasta la Revolución Industrial —recuerda Bertrand Russell— un hombre podía producir por regla general y con arduo trabajo poco más de lo que requerían para subsistir él y su familia, aunque su esposa trabajara cuando menos tan duramente como él, y sus hijos contribuyeran con su trabajo apenas llegaran a la edad posible. El pequeño excedente por encima de las necesidades puramente dichas no quedaba para quienes lo producían, sino que era apropiado por los guerreros y los sacerdotes”.
El derecho a trabajar, como hoy lo concebimos, data desde hace dos siglos aproximadamente; se origina particularmente a partir de la Revolución Industrial, cuando el naciente capitalismo se ve forzado a incorporar a sus fábricas a masas de trabajadores miserablemente remunerados, pero remunerados al fin. Entonces apareció la posibilidad de concebir o asumir el tiempo de diferentes formas. Mientras que la población campesina seguía sin reconocer la existencia de horas de trabajo claramente diferenciadas de las del descanso —como sigue ocurriendo hoy con las grandes masas rurales de nuestro continente—, los trabajadores industriales y de servicios comenzaron a regirse por una hora de entrada y una hora de salida, situación ésta radicalmente distinta a la que había sido común a lo largo de las civilizaciones pasadas. Sin importar que a principios del siglo XIX la jornada de trabajo fuera de 15 horas en los adultos y de 12 en los niños, lo cierto es que el hombre tomaba conciencia de un tiempo cedido al dueño de la fábrica o de la oficina, y de otro tiempo que, al menos teóricamente, le correspondía: un tiempo de sufrimiento y un tiempo de goce. Además, comenzaba a disponer de algunos días feriados decretados por ley, pese a la indignación de algunos sectores de las clases altas.
El capitalismo se resistía inicialmente a conceder otro tiempo “libre” que no fuera el de descanso indispensable para la reposición de fuerzas y el mayor aprovechamiento de la capacidad física de los trabajadores. Tal como señalaba Paul Lafargue, “la moral capitalista, piadoso remedio de la moral cristiana, flagela con sus anatemas las carnes del trabajador; su ideal es reducir a un mínimo sus necesidades, suprimir sus ocios y condenarle al papel de máquina sin pasiones, que trabaja sin descanso ni protestas.”
Desde mediados del siglo XIX, cuando la nueva clase capitalista se afirmó en el poder con los avances de la Revolución Industrial, para el hombre medio “el trabajo es el padre de todas las virtudes y la holganza la madre de todos los vicios. La palabra ocio aparece siempre como contrapuesta a trabajo y bastará aplicare a éste toda clase de virtudes para que aquel aparezca necesariamente como el abismo donde se esconden las peores abominaciones”.
En la Francia que surge con la Revolución y proclama los “Derechos del Hombre”, Napoleón sostiene, en 1807: “Mientras más trabajen mis pueblos, menos vicios habrá. Soy la autoridad… y estaría dispuesto a ordenar que el domingo y después de la hora de los oficios, se abriesen las tiendas y los obreros fuesen a trabajar”.
La Iglesia completaría esta necesidad de desarrollo capitalista y de incrementar la masa de trabajo en las flamantes fábricas, así como el número de horas dedicado al mismo. De ese modo, Thiers sostendrá a su vez en la Comisión para la Instrucción Primaria de la República Francesa: “Quiero hacer poderosa la influencia del clero porque tengo puestas mis esperanzas en él para que propague la buena filosofía que enseña al hombre que sólo está aquí abajo para sufrir, y no esa filosofía que, por el contrario, le dice al hombre: ¡Goza!”.
Con el sólido respaldo de la Iglesia, el imperio español ya se había ocupado un siglo antes de denunciar y censurar en América Latina las prácticas que eran comunes en los momentos de ocio de los pobladores rurales y urbanos, en particular de los sectores más relegados. Así por ejemplo, el gobernador del Río de la Plata prohibía en 1715 que se pronunciasen palabras “sucias y deshonestas” en las pulperías y que se jugase a las cartas mientras los sacerdotes celebraban misa en la iglesia. De igual modo, el cura de San Nicolás, un pueblo de la campaña bonaerense, denunciaba en 1809 a los pobladores del lugar por cuanto “pasan el día en la taberna o en una de las muchas casas destinadas al abrigo de las gentes de este jaez y la noche en el fandango y deshonestidad. Para alimentar estos vicios necesitan de dinero, pero con la habitual holgazanería les es un obstáculo la ocupación y el trabajo y se arrojan sin moderación a los bienes del pobre hacendado”.
Cabe recordar también que en la Argentina rigió durante casi todo el siglo XIX la llamada “Ley de Vagos”, mediante la cual el juez del lugar disponía de la persona, la familia y los bienes del gaucho, aunque en nuestro caso no era para obligarlo a incorporarse a las fábricas que no existían, sino “para ensanchar el hinterland del progreso agropecuario o a ser milicos de la conquista del desierto que conquistaron para otros”.
El “Martín Fierro” de José Hernández se ocuparía de describir poética y dramáticamente esa situación del gauchaje –la “chusma civil” de la que hablaba Sarmiento- como no lo hizo ningún otro producto cultural de la época. Una realidad que erigía el trabajo forzado y la sumisión como fatalismos ineludibles y vigilaba celosamente las formas de entretenimiento o de “ocio” que eran propias de los sectores relegados.
Entretanto, el otium en su sentido más estricto sólo estaba reservado a las clases dominantes y a las elites vinculadas al poder económico y político en sus veladas sociales, sea en los aristocráticos y afrancesados palacios y residencias porteñas, en los salones literarios –en los que el mate era desplazado por el té y los bailes típicos de la colonia por danzas europeas- o en los flamantes teatros líricos de diseño italiano  programados según los patrones europeos en boga.
El desarrollo de las nuevas fuerzas sociales en las naciones en vías de rápida industrialización, exigía una transformación de la imagen del hombre. Si para los griegos y los romanos el hombre libre había sido el homo sapiens, es decir, el cultivador de la inteligencia, para el capitalismo la nueva imagen  valorada no era otra que la establecida por las aptitudes físicas laborales. El ocio, antes que ser una virtud indiscutible, se había convertido en un serio obstáculo para el desarrollo de la nueva sociedad. Era, por consiguiente, un privilegio imposible de mantener en momentos en que las flamantes clases capitalistas sabían del valor que había empezado a tener el tiempo. Los trabajadores, por su parte, también comenzaban a establecer la valoración de su capacidad laboral y las horas que dedicaban al trabajo.
Las primeras insurrecciones obreras del siglo XIX proclamaban por ello consignas tan elocuentes como aquellas de ¡Quien no trabaja no come! o ¡Plomo o trabajo!.  Poco después comenzarían las campañas para la reducción de las horas de trabajo y en consecuencia por la aplicación del llamado tiempo “libre”.
Para Carlos Marx, dicho tiempo empieza solamente allí donde cesa el trabajo determinado por la necesidad y la finalidad exterior; por su naturaleza, se encuentra más allá de la esfera de la productividad propiamente dicha. A lo cual agrega: “Solamente se puede considerar tiempo libre aquél que permite el desarrollo de las cualidades humanas”.
El capitalismo fue el primero en percibir la nueva posibilidad lucrativa del tiempo de ocio. El desarrollo tecnológico le permitió mantener la producción y ampliar los márgenes del tiempo no ocupado. Si las movilizaciones obreras exigían menor cantidad de horas de trabajo, y la tecnología en su revolución permanente posibilitaba lograr lo mismo en menor cantidad de tiempo, ¿por qué no comenzar a estudiar la manera de hacer también lucrativo el llamado tiempo libre de las grandes masas proletarias?
La interrogante tuvo pronta respuesta: hacia fines del siglo pasado confluyeron tanto los avances tecnológicos capaces de facilitar nuevas formas de empleo del tiempo de ocio, como la ampliación gradual de éste, que dejó realmente de ser tal, es decir, libre, para convertirse en una nueva forma de apropiación por parte de industriales y comerciantes y, también, de los primeros exponentes del turismo como industria.
Si en el siglo XIX la semana de trabajo era de 70 a 90 horas, y en los países industrializados ella oscila actualmente alrededor de las 40, no puede afirmarse, a no ser de manera polémica, que el hombre disponga hoy de un tiempo verdaderamente libre. Y no sólo porque de las 128 horas semanales restantes —suponiendo que trabaje 40 a la semana— deben deducirse las dedicadas a desplazamientos cada vez más prolongados y complicados entre el hogar y el trabajo, o a realizar infinidad de tareas imprescindibles para la  sobrevivencia física (adquisición de alimentos, atención del hogar, cuidado de los hijos, etc.) sino, principalmente, porque la totalidad del tiempo disponible para una actividad autónoma encuentra al individuo de la sociedad industrial prácticamente desprevenido.
Sin saber realmente qué hacer, el trabajador de las grandes urbes vive entre la inacción y el hastío, situación que aprovechan los industriales y comerciantes del tiempo libre para ejercer su labor persuasiva e instalar, las más de las veces, necesidades falsas, manipuladas a través de los medios masivos de comunicación y de infinidad de recursos cada vez más atractivos y sofisticados. De esta manera el uso del tiempo comienza a ser heterónomo, es decir, manejado por otros.
En relación a este tema, los trabajadores de los países industrializados, sin duda los más beneficiados con el incremento del tiempo libre, han exteriorizado en reiteradas oportunidades su opinión crítica. Hace pocos años una de las más poderosas centrales sindicales de Francia, la CFDT, denunciaba la situación en estos términos: “En el estadio actual del desarrollo capitalista, la situación de los trabajadores está cada vez más marcada por su existencia fuera de la empresa (...), por el cuadro de vida (transportes, vivienda, medio ambiente, etc.), la información, la cultura, la enseñanza, la salud, el consumo, el tiempo libre, etc. A través de su acción en esos dominios, la sociedad industrial capitalista tiende a modelar un tipo de ser humano subordinado al funcionamiento del sistema, pudiendo explotarle así en esos nuevos mercados. Lo que el capitalismo se ve obligado a ceder en la empresa, tiende a recuperarlo a nivel del cuadro de vida, desatendiendo los equipamientos colectivos en su conjunto, salvo evidentemente los que son necesarios como infraestructura o desarrollo desde el punto de vista capitalista”.
El llamado tiempo libre en una sociedad industrializada de tipo capitalista no es un tiempo realmente de ocio, o un tiempo no ocupado, antes bien, constituye una mercancía que tiene para el sistema dominante un proceso específico, costos de producción y redes de distribución y consumo. El capitalismo, allí donde le resulta conveniente y cuando ello le reditúa beneficios, estimula el empleo del tiempo libre —su producción y consumo— como puede hacerlo con automóviles, videocaseteras o computadoras. En la medida que se adueña del tiempo de trabajo de la población, la sociedad de consumo se ha apropiado también del resto del tiempo; ha impuesto gradualmente nuevas formas de “trabajo” sobre los momentos de ocio: por ejemplo, programas de TV que la persona no elige, pero sin cuyo consumo la sociedad capitalista no se retroalimentaría, razón por la cual el individuo los ve o, privado de alternativas para un uso realmente creativo del tiempo libre, es condenado al hastío. Las leyes del consumismo se convierten todo el tiempo en una unidad indivisible de producción y consumo mercantil e “imponen progresivamente un régimen de explotación del tiempo total, según el cual el llamado ocio constituye un tiempo en el que, a pesar de que el hombre o individuo no realiza labores remuneradas, sufre una explotación tan efectiva como la del trabajo propiamente dicho. En pocas palabras, podríamos decir que el capitalismo no deja tiempo alguno disponible “.
Cabe recordar además que la importancia económica que alcanzó el tiempo de ocio, supera a la de muchas de las más decisivas actividades económicas de la sociedad. Por ejemplo, los norteamericanos invierten en dicho tiempo –en lo que llaman “industria del entretenimiento”- un volumen igual o superior al que se destina en el presupuesto nacional a los gastos de defensa. Asimismo, se estima que en los países más industrializados los ingresos de la población dedicados a actividades relacionadas con el tiempo libre alcanzan porcentajes considerables: los trabajadores industriales y agrícolas gastan en él más del 20 por ciento de sus ingresos y los ejecutivos un promedio del 30 por ciento.
Dentro de este contexto global de la importancia del tiempo libre y de su evolución a través de la historia, se deben ubicar también los antecedentes del turismo, en tanto este recurso no puede ser explicado al margen de la situación referida. Sin embargo, cabe recordar que junto al análisis global de este problema, se debe insistir en las características diferenciadas y peculiares de nuestros países. Se habla, por ejemplo, de “derecho al trabajo” y “derecho al ocio”, pero tales derechos no tienen la misma vigencia en las naciones industrializadas y hegemónicas que en las nuestras. Allí el trabajo está, cuando menos, relativamente garantizado; por lo tanto, también lo está el ocio, sea cual fuere el uso que se haga del mismo.
En los países subdesarrollados, en cambio, el derecho al trabajo todavía no existe para las grandes masas; en consecuencia tampoco podemos hablar del derecho al ocio, en su sentido de disfrute del tiempo. Abunda y se multiplica el subempleo y el desempleo, el hastío, la marginalidad, la frustración más o menos generalizada, y el aprovechamiento de ese estado de inacción social por parte de las empresas multinacionales o locales incapaces de concebir otra práctica que la del consumismo, incluso allí donde la capacidad de consumo es reducida o nula.
En este sentido podríamos afirmar con certeza que, en nuestra situación, el derecho al descanso y al ocio proclamado en la “Declaración Universal de los Derechos Humanos” en 1945 todavía no nos pertenece. Es por eso que hablar de tiempo libre y de turismo en un sistema como el nuestro significa hacerlo, en el mejor de los casos, a manera de un derecho relativo que han conquistado solamente reducidos grupos sociales de clase media y alta, importantes en algunos países pero de escasa significación si se los visualiza en el marco de la situación global latinoamericana.

Entre los grandes éxodos y los grandes “resort”

“Se debe viajar para conocer el espíritu de los países que se recorren
y sus costumbres y para frotar y limar nuestro cerebro con los demás.
Yo quisiera que los viajes empezaran desde la infancia
y en primer término… por las naciones vecinas, en donde la lengua
difiera más de la nuestra”.
Miguel DE MONTAIGNE, “Ensayos”
Los cambios de lugar y los desplazamientos han sido una constante en la historia del hombre. Ellos fueron simultáneos a la voluntad de ampliar sus posibilidades, de descubrir nuevos horizontes y conocer aquello que otros hombres ya conocían, de enriquecerse con información e ideas vitales para su desarrollo. Hubo, es cierto, filosofías y doctrinas que proclamaron en cambio las presuntas virtudes del inmovilismo. Entre ellas recordamos las de los benedictinos que dominaron la época medieval y las de los mendicantes que hacían votos de estabilidad. Para Tomás de Kempis era muy difícil que el viajero llegase a la santidad; incluso la mentalidad fixista se conservaría hasta muy entrada la época moderna en algunos filósofos y escritores liberales como Poggio o poetas como Alfieri.
Pero a pesar de estas resistencias, diversos factores obligaron al hombre a desplazarse de un espacio a otro, forzado o por propia elección, con lo que incrementó sus aptitudes frente a quienes elegían o se veían compelidos a aceptar el inmovilismo.
Las grandes civilizaciones del planeta alcanzaron su consolidación entre otras cosas por su movilidad física, lo que implicó la existencia de una movilidad espiritual y pensante, y una mayor posibilidad para transformar la realidad. Petrarca sostenía al respecto: “Si la inmovilidad es sinónimo de constancia, los más constantes de todos son los muertos”.
En la Biblia, los versículos de Daniel refieren el ir de un lado hacia otro como una virtud para el conocimiento. Recorrer las extensas geografías, era en la antigüedad, y lo sigue siendo hoy, una manera no sólo de saber más sino de sentir bajo los pies una tierra que pertenece a todos los hombres. Desplazarse, viajar, recorrer el planeta, aventurarse —como ya está ocurriendo— hacia el espacio sideral, forma parte indispensable y natural del ideal humano de aprehender lo conocido y lo imaginado. Hace de algún modo a la Gran Utopía de la existencia misma.
“Para el hombre bueno y prudente, toda tierra es patria suya”, afirma Demócrito varios siglos antes de Cristo, y lo hacía naturalmente desde el interior de una tierra y una patria: la potencia helénica en plena expansión sobre el mundo entonces conocido. Una potencia que ya en el siglo VIII A.C. asistía al desplazamiento de grandes masas de su población para presenciar las competencias deportivas que tenían lugar cada cuatro años en Olimpia. Las conquistas de Alejandro el Grande, en siglo IV A.C., marcaron un nuevo tipo de  desplazamiento, abriendo nuevas rutas que permitirían la movilización y el control político y militar, con lo cual se facilitaría a los sectores privilegiados hacer de los viajes formas de distracción.
Heródoto, por ejemplo, habría empleado su otium para viajar por las tierras vecinas a fin de observar y reflexionar sobre sus costumbres, formas de vida y de organización social. A través de ese aprendizaje, los griegos consolidaron su influencia sobre el mundo entonces conocido, y tras los filósofos y los Homo sapiens  irían los ciudadanos y los esclavos para establecerse permanentemente. Los escritos reunidos en “Peregrinaciones helénicas” o “Descripción de Grecia” que produjo Pausanias en ese período, podrían definirse como un libro de geografía o una de las primeras guías de prototurismo, ya que, elaborado 150 años A.C., daban una descripción de los sitios que era recomendable visitar desde Delfos hasta Olimpia, pasando por Atenas.
Los viajes no eran, como hoy los conocemos, viajes de placer, salvo el que podían producir quienes se habían reservado la aptitud de ejercitar el pensamiento; por lo tanto, poco tenían que ver con la noción actual de turismo, aunque ésta de algún modo se hallaba implícita, por lo menos, en los hombres “libres” de la época.
Menos relación tenían con el turismo los éxodos obligados de muchos pueblos o los grandes movimientos nómadas, cuyas finalidades no eran otras que las de ubicarse en espacios más satisfactorios para su sobrevivencia. Pero en términos generales, en la antigüedad la mayor parte de la población transcurría su vida inmovilizada en el espacio donde nació. Muy raramente, excepto por razones impuestas desde el exterior, se accedía al desplazamiento hasta más allá de donde alcanzaba la mirada. El mundo entero era un enigma salvo para los que, sostenidos en esa sujeción e inmovilismo de las grandes masas, disponían de otium suficiente para introducirse en las grandes rutas religiosas y comerciales, o en el placer de la aventura y el descubrimiento de otros espacios.
Los historiadores del turismo han encontrado antecedentes de los viajes de placer y del sofisticado empleo del tiempo libre en todas las civilizaciones, pero ese disfrute siempre se monopolizó en quienes conformaban la aristocracia de turno, en las épocas de la expansión de los imperios. Así, el imperio romano estuvo asociado a un desarrollo importante de las comunicaciones.
“La situación política y también económica exigían una homogeneización del imperio. Ella fue obtenida técnicamente por la construcción de una grandiosa red de rutas romanas” , lo cual convirtió a los nuevos espacios en centros de distracción, estimulando la aparición de casas de hospedaje, conexiones marítimas para otros lugares del imperio, haciendo que estas formas de prototurismo ya estuvieran vinculadas al desarrollo económico, social y político de la época.
De ese modo, las playas del Lacio o de la Campania, y las costas de la Etruria, se poblaban, por lo menos una vez al año, de elegantes familias patricias, las dueñas del imperio, que a su vez ya habían pasado largas temporadas invernales en las villas que rodeaban la Roma imperial. El propio Cicerón, que al parecer distaba mucho de contarse entre los más ricos, llegó a poseer diecinueve residencias entre Roma y Bayas. La vida de esos patricios, una vez llegados a las playas, transcurría en medio de una fastuosidad y un lujo nunca igualados, y de sus excesos han llegado hasta nosotros numerosos ejemplos, a cual más asombroso. Pero como puede imaginarse, tal género de vida estaba reservado a una selecta elite, ya que para los ciudadanos vulgares (y no digamos nada de los esclavos, auténtica columna vertebral sobre la que descansaba la casi totalidad de las fuerzas productivas del Imperio) los 182 días de asueto que llegó a marcar el calendario romano en su mejor momento, transcurrían en unas condiciones materiales notoriamente inferiores.
Con posterioridad a la caída del Imperio Romano, creció el número de viajantes intrépidos que recorrían Europa y llegaban hasta la China, tratando de reforzar o inaugurar intercambios comerciales, pero tales desplazamientos, que se incrementaron en la Edad Media, tenían finalidades muy precisas, que podríamos asociar más a la voluntad del neg-ocio que a las del disfrute del tiempo libre.
Los célebres viajes del veneciano Marco Polo a fines del siglo XIII, al igual que los promovidos desde España y Portugal en el siglo XV y XVI, poco tenían que ver con nuestra idea del turismo, ya que expresaban simplemente la voluntad de expansión comercial o de conquista de lejanas y desconocidas latitudes.
Experiencias más aproximadas al concepto moderno de turismo podrían ser, junto con el disfrute del ocio por parte de las elites aristocráticas, los desplazamientos promovidos por razones religiosas. Ellos partían con regularidad hacia lugares considerados santos e involucraban a peregrinos de muy diversas creencias, fueran cristianos, musulmanes, budistas o hindúes. A través de esos viajes, particularmente los orientados en la época medieval hacia Roma y Santiago de Compostela, fueron elaborándose crónicas e informaciones —guías prácticas en su tiempo para otros peregrinos—, así como una importante infraestructura de conventos-albergues; en resumen, un claro pero rudimentario antecedente de la actividad turística. Según refiere Augusto A. Maya, se elaboró incluso una especie de guía para peregrinos que redactó Amerege Picaud en 1140.
En el Renacimiento, el fin de los viajes cambió nuevamente, existiendo ya condiciones para que los mismos retomaran sus características culturales, convirtiendo a Italia en el centro de los desplazamientos europeos por su mayor tradición cultural. Pero no fue sino hasta el siglo XVII que el número de visitantes de centros culturales y grandes poblaciones adquirió dimensiones importantes para la época. La aparición de la burguesía y su creciente influencia en las decisiones económicas y políticas se sostenía, de algún modo, en los desplazamientos en el interior de cada país y en las relaciones con los países vecinos, a través de los cuales se consolidaban las posibilidades de cambio histórico.
Estos grupos de viajeros incorporaron también actividades propias del ocio, preparatorias del turismo moderno. En una guía de los extranjeros en viaje por Francia, publicada en 1672 por De Saint Morice —según refiere Oscar de la Torre Padilla—, “se daba detalle de los caminos y sitios de interés, así como información sobre las modalidades de la lengua y los dialectos. También describió los atractivos y sitios de diversión en los alrededores de París. A estos recorridos los designó con las expresiones de “le grand” y “le petit tour”. En el siglo XVIII ya se empleaba en Inglaterra la frase de origen francés “faire le grand tour”, para referirse a aquellos jóvenes que, tanto para complementar su educación como por preocupaciones de cultura, organizaban largos recorridos por diferentes países del continente europeo. A tales viajeros se les empezó a denominar “turistas”, término que se utilizó después en Francia para designar a toda persona que viajaba por placer o curiosidad, o por motivos culturales”.
A través de esos desplazamientos la burguesía europea también se apropiaba del conocimiento de las regiones visitadas, a la manera de lo que habían hecho los griegos antes de Cristo. “Cada turista que regresaba a Inglaterra debía llevar con él la prueba de que su viaje había sido un baño de cultura del Viejo Continente. Las casas del Siglo XIX de la nobleza inglesa, no eran más que copias idénticas de aquellas del siglo XVI en Italia. Por ejemplo, la fachada del “Burlington House” era una imitación casi perfecta del “Palladio´s Palazzo Porto”.
Junto a los desplazamientos en el interior del Viejo Continente aparecían, como en la época del Imperio Romano, los lugares estables para el disfrute del ocio. Propietarios de campos y aldeas —que los burgueses habían sabido retirar del dominio aristocrático— las nuevas clases dirigentes comenzaron a utilizar dichos espacios para instalar en ellos la casa de campo, a manera de segunda residencia. Poco después inauguraron las primeras colonias de vacaciones. El ocio comenzaba realmente a serlo, aunque de manera distinta a como lo concebían las antiguas civilizaciones. Contribuía a ello el hecho de que la economía dejaba de ser de mera subsistencia y se convertía en patrimonio de un sector social privilegiado que, además de pensar y cultivar la inteligencia, hacía política, fomentaba las artes y trabajaba sin pudor alguno al lado del misérrimo proletariado; aquel que según los egipcios tenía los dedos como los de un cocodrilo. De esta manera, el triunfante sistema capitalista permitía que los nuevos burgueses y empresarios dispusieran simultáneamente de un tiempo de ocio y de un tiempo de neg-ocio. La primitiva dicotomía era de este modo superada en la nueva realidad histórica.
La Revolución Industrial, con sus explosivas innovaciones tecnológicas, posibilitó la rápida inserción de las actividades turísticas en el tiempo de las minorías privilegiadas –dentro de las cuales comienza a desarrollarse la clase media- que estaban en condiciones de utilizarlo. Transportes e infraestructura hotelera fueron los dos soportes en los que se asentó la floreciente actividad turística. En relación a los primeros, la utilización del vapor en las locomotoras permitió en los inicios del siglo XIX un crecimiento vertiginoso del ferrocarril que modificó las nociones de tiempo y espacio.
Fue en Gran Bretaña donde se acuñó, hacia 1800, la palabra “tourist”, que desplazó a la de origen francés “grand tour”, destinada a referir el viaje por el continente europeo que todo joven inglés bien educado debía cumplir para terminar su educación. “Desde 1811, el vocablo “tourist” significaba de modo explícito la teoría y la práctica del viaje de placer, siendo éste su motivación principal. El viaje era siempre muy largo, a caballo o en coche, aunque el viaje en diligencia era penoso y confortable, seguía siendo peligroso y costaba muy caro. Sólo la aristocracia se interesaba en ello. Pero entre 1840 y 1960, la situación cambió rápidamente con la invención del ferrocarril. En 1839, fecha clave para el turismo, se lanzó la primera guía impresa por Karl Baedeker, “Un viaje por el Rhin”, editada en Coblenza, sobre la base de un manuscrito de J. A. Klein. En esa época, John Murrau, lanzaba en Gran Bretaña un “Manual para viajeros en Suiza”. En espacio de medio siglo, toda Europa estaría cubierta de guías, al mismo tiempo que por ferrocarriles. Es la época del boom turístico italiano, un siglo antes del boom turístico español. En ambos casos se podía viajar muy barato. Es también la época de la playmanía (manía del juego). En 1822 se crea en Dieppe la primera “Sociedad de Baños”. Luego vendrían la “belle epoque” de la Cote d´Azur, los casinos, las estaciones termales. Oriente, el Extremo Oriente y el Norte de América, se convierten en destinos turísticos y no ya solamente en países de emigración o comercio”.
En 1841, Thomas Cook movilizó cerca de 600 personas con motivo del “Congreso Antialcohólico” de Leicester, inaugurando con un viaje redondo los desplazamientos en grupos con fines lucrativos. En 1846, Cook organizó su primer viaje con guías, y cinco años después, en 1851, creó la agencia de viajes “Thomas Cook and Som”, que sería el origen de millones de viajes, organizados a través de sus oficinas en 68 países. Poco después, en 1862, introdujo los viajes individuales al por mayor con todos los gastos incluidos. También inventó el “cheque del viajero”, que sería retomado y ampliamente difundido por “American Express” a partir de 1882. La articulación empresarial de los distintos rubro del servicio turístico ya estaba hecha.
Entre quienes hicieron alabanzas de esa integración de servicios estuvo el escritor norteamericano Mark Twain. Al respecto escribía: “Cook ha hecho fácil y placentero viajar. Les venderá un pasaje a cualquier lugar del mundo… Les proporcionará hoteles en cualquier parte… y no les cobrará suplementos, pues en los cupones se indica cuánto debe pagar. Los empleados de Cook se ocuparán de su equipaje en las principales estaciones, le conseguirán un taxi… le facilitarán las guías… o cualquier cosa que pueda desear, y le harán pasar una estancia cómoda y satisfactorias. Cook será su banquero allá donde vaya, y sus oficinas le protegerán de la lluvia. Le recomiendo que viaje con Cook, y hago esto sin compromiso ni comisión alguna. No conozco a Cook”.
En esta descripción nos estamos refiriendo, obviamente, a la situación que estaban experimentando las naciones dueñas del poder mundial y no a la de los países, como los nuestros, ubicados en la periferia, colonizados por aquel o dependientes del mismo. No existían en nuestro caso ni los grandes hoteles, ni las agencias de viajes, ni menos aún, los “American Express”. Los ferrocarriles, inclusive, no eran construidos por los ingleses en la Argentina o en otros países de América Latina para facilitar o promover los desplazamientos de las clases adineradas hacia los espacios internos más atractivos. Estas preferían viajar a Europa antes que a las provincias del interior, omitiendo aquello que era más valorado en la burguesía del Viejo Continente: su propia geografía. Los ferrocarriles estaban destinados entonces, una vez concluida la “Conquista del Desierto” junto con el exterminio del indio y el gauchaje, a transportar la riqueza agrícola y ganadera del país hacía la Ciudad Puerto que era Buenos Aires, con destino a la cabecera del Imperio Inglés.
Como próspera neocolonia británica, la Argentina de ese período ignoraba prácticamente todo en relación al turismo en ascenso, sin conocer las elites dominantes otra forma de veraneo que los viajes a las principales ciudades europeas o algunas semanas en las grandes estancias bonaerenses. Por su parte, los trabajadores y peones rurales estaban obligados a utilizar la “papeleta” que les otorgaba el dueño de la estancia donde trabajaban, cuando debían realizar algún tipo de desplazamiento fuera de la misma, so pena de ser castigados como “gaucho malos” o “matreros”.
En cuanto al “turismo internacional” este todavía era una noción inexistente: los únicos que venían al país, eran inmigrantes de las regiones más pobres de Europa o revolucionarios expulsados de las sangrientas rebeliones en el Viejo Continente. Y si en éste, las clases socialmente acomodadas apelaban al ferrocarril o a los lugares de veraneo para disfrutar de su tiempo de ocio, “los únicos ingleses que vinieron al Plata –recuerda Arturo Jauretche- fueron gerentes ferroviarios. Del país no les gustaban ni las mujeres, pues importaban, por las estipulaciones de la Ley Mitre, no sólo carbón, vagones y tinta para escritorio, sino también esposas”.
En Europa, en cambio, simultáneamente con la expansión colonial del capitalismo sobre amplias regiones del planeta, nació entonces lo que hoy conocemos como “veraneo”, espacio de tiempo durante el cual las familias burguesas se desplazaban de un lugar a otro, llevando consigo la mayor parte de los signos que le permitían identificarse y reconocerse. “Se los lleva no a un lugar exótico y excitante, sino precisamente allí donde exista un ambiente social idéntico al que se ha frecuentado durante el invierno. La aspiración máxima es convertirse en “veraneantes de toda la vida” y el mayor temor es que los advenedizos (generalmente de clase inferior) lleguen a ser tan numerosos como para hacer ostensible el descenso del “tono” ambiental”.
El turismo practicado por las viejas clases dominantes, ejemplificado principalmente en los hoteles termales, fue cediendo paso al de playas cálidas, donde las familias burguesas se valían del ocio para ejercer conocidos negocios como los de concertar relaciones públicas, tramar matrimonios y cimentarse como nueva clase hegemónica. A ello contribuía el acelerado avance tecnológico en los transportes, primero ferroviarios y después, a fines del siglo XIX, automovilísticos. El motor de combustión interna reforzó con éxito la labor del vapor como fuerza motriz, y el caucho convertido en neumático en 1888, hizo otro tanto con los “caminos de hierro”.
Pronto aparecieron los clubes automovilísticos que se unieron a los dedicados a la náutica, alpinismo, ciclismo y prácticas pedestres. En 1898 se creó la “Liga Internacional de Asociaciones Turísticas”, basada en los touring clubes y organismos nacionales dedicados a las actividades del turismo deportivo, misma que se integró a la Unión Internacional de Hotelería, fundada en 1869, y a otras organizaciones nacionales e internacionales, llevando en 1925 —siete años después de la creación de la Sociedad de Naciones— a constituir en La Haya la “Unión Internacional de Organismos Oficiales de Publicidad Turística” (IUOPTP), que después de la Segunda Guerra se convertiría en la “Unión Internacional de Organismos Internacionales de Turismo” (UIOOT).
El desarrollo de la hotelería y de las agencias de viaje se presentó junto con la revolución de los transportes terrestres. Se dice que ya en 1829 existía en Boston un hotel, considerado el mejor del mundo, donde se ofrecieron por primera vez habitaciones privadas y servicios muy cercanos a los que hoy ya son comunes en la actividad turística.
Asimismo, en las postrimerías del siglo XIX, el hotelero Charles Ritz dio un impulso sin precedentes a la hotelería de lujo, al abrir el “Gran Hotel” de Roma, en 1893, el “Ritz” de París, en 1898, y el “Carlton”, de Londres, en 1899, haciendo apreciar a la alta sociedad de la época el confort y refinamiento de cierto tipo de turismo. Al mismo tiempo, comenzaba a desarrollarse en la mayor parte de Europa una pequeña y mediana hotelería que iba a servir de base al auge del turismo de masas a partir del siglo XX.
Sin embargo se vivía aún una época de transición. No se trataba ya del turismo elitista apropiado por quienes conservaban todavía el primer ideal del otium, pero tampoco del turismo de masas de nuestro tiempo.
Durante la primera mitad del presente siglo la actividad turística creció en volumen, aunque con lentitud y dramáticos altibajos como fue el provocado por la depresión de los años 30. Pese a ello, experimentó avances importantes, dados a través de la multiplicación del número de hoteles como unidades tipo de hospedaje (en 1908 se inauguró en los EE.UU. el hotel “Buffalo Statler”, considerado como el primer hotel comercial moderno) y del surgimiento de escuelas de hotelería, principalmente en el centro de Europa.
En ese entonces aparecieron las carreteras modernas y se mejoraron los ferrocarriles; asimismo, se generalizó el uso del automóvil (en 1913 la empresa Ford tardaba 12 horas en producir un vehículo; en cambio, en 1925 lo hacía en 10 segundos) y se multiplicaron las posibilidades del transporte aéreo. Cuando en 1927 la Ford terminó de producir sus primeros 15 millones de automóviles, el primer avión había cruzado el Atlántico y faltaría poco más de una década para que, en 1939, volase el primer jet de la compañía Powers.
Paralelamente, la población de los países más industrializados comenzó a gozar de mejores condiciones de vida y de leyes sociales más favorables. El descanso dominical se instituyó en algunos países de Europa a principios de siglo, y en 1918 importantes sectores de la clase trabajadora conquistaron la jornada de ocho horas. Asimismo, el derecho a las vacaciones pagadas sería incorporado en 1936 en algunas legislaciones.
En las naciones dominantes las bases estaban dadas para que el turismo se convirtiera en el fenómeno de carácter masivo que hoy posee. Sin embargo, debió superarse la tragedia de la Segunda Guerra para que todo lo producido durante la época de transición sirviera de trampolín a las nuevas demandas. Entonces el proceso se potencializó, lo cual se verificaría en los transportes con el desarrollo acelerado del jet que duplicaría por dos la velocidad de vuelo y las aeronaves de gran capacidad como el “Jumbo” y el “DC-10”, sustituyendo cada vez más lo que hasta los años 50 era privativo de los grandes transatlánticos “Queen Elizabeth”, “France”, “Giulio Cesare, etc.; la expansión del automóvil y la proliferación de líneas de ferrocarril; la modernización y diversificación de la actividad hotelera; las agencias de viaje convertidas en ejes de organización turística a través de sistemas de reservaciones; los tours; la aparición de los travelers checks y los modernos sistemas de crédito; la intervención creciente de los organismos estatales en la actividad turística; la aparición de normas y criterios que uniformaron la nueva industria y le imprimieron un estilo y un idioma universales.
El sector turístico internacional se organizó en instituciones representativas de los países participantes y de las empresas privadas. En 1946 la “Unión Internacional de Organismos Oficiales de Publicidad Turística” (IOPTP) se transformó en la “Unión Internacional de Organismos Oficiales de Turismo” (UIOOT), organismo rector del turismo internacional hasta 1975, año en que daría lugar a la actual “Organización Mundial del Turismo” (OMT). A su vez, las agencias de turismo se agruparon en 1949 en la “Asociación Mundial de Agencias de Viajes” (WATA), y las compañías de aviación lo hicieron en 1945, en la “Asociación Internacional de Transporte Aéreo” (IATA). A su vez, el sector hotelero quedó nucleado en la “Asociación Internacional de Hotelería” (AIH).
Diversos organismos internacionales se han sumado también en las últimas décadas a la cooperación con el sector turístico, considerando su incidencia en los campos de la economía, el empleo, la cultura y el medio ambiente. Entre ellos figuran las Naciones Unidas y algunos de sus programas más relevantes, como UNESCO, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (CNUCED); el Fondo Monetario Internacional (FMI), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), etc. Distintas conferencias mundiales entre estos y otros organismos han servido para coordinar o promover a escala internacional las actividades de los principales agentes del sector.
Si el crecimiento de la actividad turística desde principios de siglo hasta la Segunda Guerra, pese a su irregularidad, era constante, este se convertiría luego en permanente y acelerado. El volumen de 12 millones de turistas que arribó a Europa en los preámbulos de la Guerra, crecería a 23 millones en 1953 y a 120 millones, en 1975, cuando se constituyó la OMT. Otro tanto ocurrió en las regiones turísticas principales dominadas por las naciones industrializadas.
Este veloz desarrollo se asentó en dos factores principales: uno de ellos fue la rápida acumulación por parte de las naciones centrales de cuantiosos recursos económicos, producto de la situación interna imperante en cada país, pero también de su poder sobre las economías de las regiones llamadas periféricas. Esto permitió a las grandes potencias incrementar los niveles de su renta nacional y proceder a una distribución de la misma en sectores sociales más amplios. El “consumo de masas” se hizo extensivo a la mayoría de la población europea y norteamericana, lo cual, unido a las conquistas de derechos laborales de la clase media y trabajadores fabriles, amplió los márgenes del tiempo libre estimulando la recreación y los desplazamientos turísticos.
A esto se agregó también el rápido crecimiento de las empresas multinacionales, y las nuevas formas en que se integraron las diversas actividades económicas y financieras en las áreas de producción, el comercio, el crédito y los servicios. Aquello que había comenzado a incrementarse en los inicios de nuestro siglo, se consolidó después de la guerra de manera casi definitiva. Grandes compañías aéreas, gigantescas cadenas de hoteles, poderosos grupos bancarios, agencias mundiales de viajes, empresas internacionales de renta de automóviles, medios masivos de promoción y publicidad, fueron tejiendo a nivel transnacional redes empresariales hasta convertirse en esa especie de “cadena de cadenas” que maneja la mayor parte de la actividad turística mundial. “Las firmas multinacionales turísticas, bajo las cuales se integran cada vez más los servicios, van a controlar, ajustar y repartir los mercados, con lo cual se eleva la tasa de ganancia, se moviliza el capital y los productos, es decir se dinamiza la circulación de los mismos. A partir de la aparición del capital financiero es posible desarrollar la industria turística a nivel mundial, pues han sido los créditos a empresas y gobiernos los que han posibilitado desde sus orígenes su ulterior desarrollo tal como existe actualmente: sin el crédito, esta industria no hubiera existido”.
En ese proceso el papel de los países subdesarrollados ha sido simular al cumplido en otros sectores de la economía: de sumisión en algunos casos, y claramente dependiente y complementario en la mayoría de las situaciones. La brecha entre los países ricos y pobres, antes que reducirse, se ha incrementado cada vez más, y algo semejante está ocurriendo entre los países pobres.  En América Latina, el 50 por ciento más pobre de la población tiene el 13,4 por ciento del ingreso, mientras que el 50 por ciento más rico, acapara el 86,6 por ciento, tendencia que antes que reducirse se acentuó en los últimos años.
El privilegio del “consumo de masas”, generalizado en las naciones dominantes, se reduce en nuestro caso a apenas el 5% de la población latinoamericana, aquella cuya renta anual es de 1 300 dólares o más. La demanda de dicho consumo representa, por ejemplo en México, que es una de las naciones más desarrolladas de América Latina, alrededor de 6 mil millones de dólares al año; ello equivale a menos de la tercera parte de solamente el mercado de automóviles en los Estados Unidos.
Por ello cabría afirmar que los tours operators, es decir, las grandes compañías transnacionales de turismo, se sostienen y actúan para una ínfima minoría de la humanidad: aquella que se elevó al nivel del “consumo de masas”. En cambio, las grandes masas del Tercer Mundo, quienes conforman más de las dos terceras partes de la población del planeta soportan, respecto al disfrute efectivo del turismo, carencias de alguna manera parecidas a las que caracterizaban en la antigüedad a los hombres excluidos de las categorías de “ciudadanos” o “libres”.

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