lunes, 14 de junio de 2010

ANTECEDENTES DEL TURISMO EN LA ARGENTINA

Por Octavio Getino 

El primer antecedente del turismo en América Latina, y de manera particular en la Argentina, lo dieron las fuertes corrientes de inmigrantes orientadas a hacer con su trabajo casi de esclavos, el “neg-ocio” –es decir, el “neg-otium” o “no-ocio”- de sus vidas. La motivación de sus desplazamientos era principalmente ésa –la búsqueda de trabajo, o de “neg-ocios”- y ella se inscribiría formalmente en el concepto actual de turismo, según las convenciones internacionales sobre el tema.

Sin embargo, los que primero comenzaron a utilizar en nuestro país, al igual que en los países hermanos del Continente, el recurso turismo como disfrute del ocio y del tiempo libre, no fueron precisamente los inmigrantes ni sus primeros descendientes, fruto del mestizaje con la población local, sino quienes usufructuaron del “neg-ocio” o del trabajo obligado (además de necesario y deseado) de aquellos, o lo que es igual, de su vida sacrificada y de su denodado esfuerzo, controlando las formas de utilización del escaso tiempo libre al que podía acceder.

Héctor Pedro Blomberg describía así la imagen de inmigrantes, mestizos y nativos en el interior de esos espacios de comunicación social y de cultura popular que eran las pulperías rurales, ya en extinción, de finales del siglo XIX: “En el resguardo de la glorieta se amontonaban los paisanos pobres, bebedores de caña y de ginebra, maestros del naipe y voluntariosos narradores de aventuras moreirescas, que el galleguito dependiente escuchaba detrás de las rejas con las manos en la quijada y la boca abierta”
Las Leyes de Vagos del siglo XIX, por medio de las cuales el Juez de Paz disponía de la persona, la familia y los bienes del gaucho y los pobladores rurales, estaban destinadas precisamente a controlar el uso del tiempo por parte aquellos con el fin de someterlos a los designios del proyecto civilizatorio.“Vagos”, “malentretenidos”, eran términos que usaban los gobiernos de la oligarquía, unidos a “matreros”, “cimarrones”, “gauchos malos”, para justificar el fin de buena parte de la población rural. Tiempos en que la clase dominante obligaba al criollo a tener un patrón. El otorga la “papeleta”, un documento en el que consta que su portador pertenece a su estancia y circula con determinada misión lejos de aquella”.
Como podemos apreciar, el hombre estaba obligado al trabajo en espacios sumamente controlados y todo desplazamiento podía ser objeto de amenaza. El desarrollo capitalista del país todavía no había encontrado el modo de hacer rentable el ocio o los viajes de los individuos, aunque sólo fueran de un pago al otro. Aunque cabe también subrayar, que tampoco en la vieja Europa las cosas les iban mejor a quienes arriban desde las zonas rurales a los flamantes centros industriales. Sarmiento recordaba, por ejemplo: “Vengo de recorrer Europa y de admirar sus monumentos, de postrarme ante su ciencia, asombrado todavía de los prodigios de sus artes, pero he visto sus millones de campesinos proletarios y artesanos viles, degradados, indignos de ser contados entre los hombres; la costra de mugre que cubre sus cuerpos, los harapos y andrajos que visten no revelan bastante las tinieblas de sus espíritus; y en materia política, organización social, aquellas tinieblas alcanzan a oscurecer las mentes de los sabios, de los banqueros y de los nobles”.
La conquista del desierto, los ferrocarriles ingleses, el alambrado, el Registro de Propiedad, el mejoramiento de las razas y de los frigoríficos, permitían a la “gente decente o principal”, dueña ya del poder económico y político iniciarse en la experiencia pre-turística, aunque no se la conociese por ese nombre. Bien, alojando en los grandes hoteles afrancesados de la capital argentina, o en sus ilimitadas estancias, a los viajeros comerciales o a los intelectuales y artistas que llegaban desde la pujante Europa a dictar sus bien cotizadas conferencias en el Jockey Club o en el Odeon –turismo “receptivo”-, o también, viajando a Europa  -turismo “egresivo”-, munido con la fuerza de la moneda local, sea para entroncarse con alguna rama de la nobleza europea o para gastar en amantes francesas o en mobiliarios que luego decorarían sus lujosas residencias. Era ésta, la primera forma de utilización del turismo internacional que se experimentó en la Argentina, y que con algunas variantes, se repetiría a su vez en otros países latinoamericanos.
“La palabra argentino, en Europa, era un “sesamo ábrete -rememoraba Arturo Jauretche-. No había llegado todavía el turismo en serie de las clases modestas ni exportábamos “picaresca criolla” que se fue tras el prestigio del tango… Los ricos argentinos con la divisa fuerte contaban entre los ricos del mundo; ellos dieron la imagen internacional que la clase alta asimilaba confundiendo su propia riqueza con la del país –la concentración en sus manos de toda la capacidad de consumo superfluo -es una idea parecida a la que pudo tener el maharajá de la India o el sheik árabe, que se encontraban de paso en ese mundo internacional que constituye la clientela de los grandes hoteles, estaciones terminales y balnearios europeos, y que identificaba casi como una nacionalidad a estancieros argentinos, banqueros e industriales norteamericanos o fazendeiros brasileños, barones letones o príncipes rusos, con artistas, jugadores y aventureros: un abigarrado conjunto en que el volumen pour boire establecía las jerarquías a ojos de conserje”.  Claro anticipo jauretchiano de la actual globalización del turismo de negocios.
Mientras las corrientes migratorias procedentes del interior y el exterior se hacinan en los conventillos y en los tugurios de las principales ciudades, sin posibilidad alguna de imaginarse siquiera desplazamientos más allá del propio barrio –el café, el potrero, la pista de baile- para el disfrute de sus escasos momentos de tiempo libre, las clases acomodadas practican después de la Primera Guerra y hasta los preámbulos de la Segunda, viajes dentro y fuera del país, como anticipo del turismo nacional. “El desdén por la actividad útil y productiva –destaca Juan José Sebrelli- debe ponerse en evidencia mediante una ostentación del ocio, empleo del tiempo en actividades banales, no utilitarias. Algunas de estas ocupaciones del ocio, sujetas a variaciones de acuerdo con el cambio de generaciones, con la edad y con el sexo, son: prácticas devotas, obras de caridad, colección de antigüedades, deportes costosos poco accesibles a la mayoría, juegos de carta, cuidado de animales de raza, caballos o perros, y además, fiestas, visitas, concurrencia a lugares de moda, viajes a Europa, vicios costosos, flirts… Los lugares convencionalmente distinguidos a los que “hay que ir” a hacerse ver, son oportunidades para que los distintos miembros de la clase exclusiva se conozcan entre sí, entremezclando sus intereses mediante relaciones sentimentales”.
A falta de lo que hoy conocemos como miniturismo, los sectores sociales relegados acudían a las excursiones domingueras, rumbo a algún parque cercano o a la vereda del río vecino, y volvían al caer la tarde, en camiones o trenes, que al decir de Martínez Estrada, “sueltan esa carga que vino apiñada, estrujándose unos contra otros, sudorosos, en los pasillos, en las plataformas, en los estribos. Un hacinamiento de seres humanos y todos los consiguientes contratiempos del alborozo… Son masas informes, montones de escombros humanos, pertenecientes a una sociedad que ignora que existen. Vuelven del pic-nic y se derraman como manchas andantes, como grumos y bolos fecales que expelen los coches… Han pasado todo el día en mallas, entrando al agua y tumbándose en las playas bebiendo y bailando con músicas de fonógrafos portátiles. No están cansados porque no han terminado de expectorar y expulsar sus enconos. ¿Quiénes son? ¿A qué país, ciudad, raza, comunidad secta, pertenecen?…”
Tuvieron que acontecer fuertes cambios históricos en el mundo y en América Latina, para que también los argentinos, como comenzaba a suceder en las sociedades de las naciones más industrializadas, pudieran experimentar formas inéditas de uso del tiempo libre, base de la actividad turística, como resultado de conquistas políticas y sociales por parte de las grandes masas.
En 1930, en los preámbulos del desarrollo industrial nacional, los trabajadores habían obtenido la ley de descanso del sábado por la tarde el llamado “sábado inglés”, cuyo origen estaba en las grandes luchas de los sindicatos de EE.UU. y de Europa y también en las nacionales. El país comenzaba a incorporarse a la sociedad industria, la de la “línea de montaje” creada por Henry Ford, y el ocio dejaba de ser cosa de “vagos” o de “malentretenidos”, sino una posibilidad de rentabilidad para el capitalismo industrial.
En los años ´40, con el gobierno de Juan D. Perón, el balneario de Mar del Plata, lugar emblemático de los veraneos de las clases acomodadas argentinas, comenzó a ser invadido por el turismo popular masivo. La actividad pesquera de la ciudad, tradicional sustento de sus habitantes, vivió entonces la competencia del turismo, flamante industria de servicios que comenzó a generar numerosos puestos de trabajo. Las razones de esos cambios no se explicaban obviamente sólo por la habilidad de los promotores de esa nueva fuente de negocios, sino por las profundas transformaciones políticas, sociales y culturales vividas en el país.
El crecimiento industrial y la plena ocupación, junta con una más equitativa distribución de la renta –los trabajadores representaban en la misma un porcentaje superior al que era propio del sector empresarial- tuvieron su complemento natural en el aguinaldo, las licencias pagas por enfermedad y un amplio sistema jubilatorio –la jubilación no interrumpía el goce de las obras sociales de los sindicatos- que incentivó el consumo y los desplazamientos en los periodos vacacionales y en el tiempo libre.
Los “Derechos de la Ancianidad” eran publicitados por el gobierno, y se sumaban a los “Derechos del Niño”, de la Mujer y del Trabajador. La Constitución sancionada en 1949, incluía en su Capítulo III, como “Derechos Especiales”, los de la Familia, y de la Educación y la Cultura. Allí se contemplaban los derechos fundamentales a la asistencia, a la vivienda, a la alimentación, al vestido, al cuidado de la salud física, a la salud moral, al esparcimiento, al trabajo –“cuando el Estado y las condiciones lo permitan, la ocupación por medio de la laborterapia productiva ha de ser facilitada a la tranquilidad y al respeto”.
En el artículo 1 del Capítulo de los “Derechos del Trabajo” se destacaba que “el trabajo es el medio indispensable para satisfacer las necesidades espirituales y materiales del individuo, la causa de todas las conquistas de la Civilización y el fundamento de la prosperidad general; de ahí que el derecho de trabajar debe ser protegido por la sociedad, considerándolo con la dignidad que merece y proveyendo ocupación a quien la necesite”.
Mar del Plata y otras playas atlánticas, las sierras de Córdoba, e inclusive Bariloche, se convirtieron en lugares de vacaciones para familias, niños y ancianos. El turismo social se anticipó de ese modo al turismo internacional después de la Segunda Guerra, merced a la labor de las poderosas organizaciones sindicales, con sus grandes hoteles en los principales lugares de veraneo para sus afiliados y familias, la promoción de los deportes y las competencias juveniles a lo largo del país y la construcción de modernas unidades turísticas –bajo la tutela de la Fundación Eva Perón-  como las de Chapadmalal, en las playas del Atlántico, y Embalse de Río Tercero, en las sierras de Córdoba, o las de la alta montaña cordillerana, en Puente del Inca y Las Cuevas.
“Hace diez años visité Mar del Plata –decía el presidente Perón en 1954- y en ese entonces era un lugar de privilegio, donde los pudientes del país venían a descansar los ocios de toda la vida y todo el año. Han pasado diez años. Durante ellos, los cambios sucedidos están a la vista. Esta maravillosa síntesis de toda nuestra patria aglutina en sus maravillosas playas y lugares de descanso al pueblo argentino y, en especial, a sus hombres de trabajo, que necesitan descansar de sus sacrificios. Nosotros no quisimos una Argentina disfrutada por un grupo de privilegiados, sino una Argentina para el pueblo argentino… En cuanto a la situación social, bastaría decir que aquí el noventa por ciento de los que veranean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria”.
Los sindicatos construyeron en aquella época, en las playas, las sierras y los espacios naturales más atractivos, buena parte de las mejores infraestructuras hoteleras y de servicios turísticos, anticipándose incluso a muchas inversiones del sector privado.
“La Unión de Estudiantes Secundarios organizaba colonias de vacaciones y viajes de fin de curso. Por primera vez, Bariloche, a la que hasta entonces sólo habían podido acceder sectores muy restringidos, estuvo al alcance de los jóvenes. El Ferrocarril Roca solía poner trenes especiales para el transporte de estudiantes… Por primera vez, gracias al desarrollo del turismo interno, contingentes de provincianos pudieron trasladarse a otros sitios del interior”.
Una experiencia sin duda a tener muy en cuenta por lo que hace a la importancia del desarrollo social, como resorte básico de la actividad turística, y también, por lo que representa el turismo interno para una distribución más equitativa y descentralizada del gasto privado y público, así como para los intercambios socioculturales y la integración nacional.
Posteriormente, la historia del país iría evolucionando hacia procesos de desmantelamiento de las conquistas sociales –las Unidades Turísticas creadas entre 1946 y 1955, fueron desmanteladas prácticamente con la dictadura militar que derrocó al gobierno constitucional de Perón en 1955- y otro tanto sucedió con la creciente desindustrialización, acentuada en los años ´60 y ´70, razón por la cual el turismo social iría perdiendo el sustento que había tenido en años anteriores. Se mantuvo, sin embargo, el potencial del turismo interno, principal soporte de los servicios turísticos en el país al igual que en la mayor parte del Continente, aunque el mismo estaría condicionado por los vaivenes de la situación económica, la solidez de la moneda nacional, o las crecientes necesidades del Estado en obtener divisas del exterior para compensar la pérdida de competitividad de las exportaciones argentinas más allá de sus fronteras.
En los años ´50 y ´60, el sector turismo no tuvo ningún lugar destacado en las políticas gubernamentales, quedando cada vez más sujeto al mayor o menor interés que pudiera existir de parte de los inversionistas locales. En 1956, fue creada por decreto-ley la Dirección Nacional Turismo, como entidad autárquica, dependiente de la Secretaría de Transportes del Ministerio de Obras y Servicios Públicos, lo que da una idea del sentido con que se encaraba la política del sector.
Recién a finales de los años ´60 y en el marco del proyecto desarrollista y la búsqueda de inversiones extranjeras, se dispuso por ley, en junio de 1967, la transferencia de la Dirección Nacional de Turismo a la recién creada Secretaría de Difusión y Turismo. Allí se puso en marcha, por primera vez en la historia del sector, en incentivar las inversiones en infraestructuras turísticas y en promover la imagen argentina en el exterior con el fin de aumentar el número de llegadas internacionales, priorizando estas acciones en desmedro del turismo interno y, en mucha mayor medida, del turismo social.
La Organización de Estados Americanos (OEA) cooperó en ese sentido con algunos de los primeros estudios que se llevaron a cabo en materia de “Bases metodológicas para la planificación del turismo como factor de desarrollo regional” (1967) y realización de un primer inventario del Patrimonio Turístico Nacional, junto con una metodología de planificación turística (1968).
Esta situación pareció modificarse a partir de 1970, con la sanción por parte del gobierno militar de leyes de “fomento turístico” (Ley N° 17.752 y complementaria N°18.874) destinadas a promover el turismo internacional en determinadas zonas del país estableciendo un régimen especial de desgravaciones para las empresas nacionales o extranjeras interesadas en invertir en la construcción, equipamiento y/o explotación de establecimientos hoteleros. Ello se complementó con la creación de la Subsecretaría de Turismo, de la cual dependieron una Dirección General de Planeamiento y Desarrollo y una Dirección General de Asuntos Turísticos “por entender que su estructura permitirá alcanzar los objetivos y metas establecidos en el Plan Nacional de Desarrollo y Seguridad”.
La Primera Encuesta Nacional de Turismo realizada en el país tuvo lugar en 1971 y destacó la importancia que dicha actividad, tanto interna como internacional, podía tener para el desarrollo. Con el nuevo gobierno de Perón, entre 1973 y 1974, se desarrollaron algunos proyectos orientados a fortalecer los servicios del sector, recuperando el papel del turismo interno y del turismo social, antes que el internacional, en el marco de una tentativa global de reindustrialización, fortalecimiento del papel de las organizaciones sindicales, apertura de nuevos mercados y restablecimiento de algunas conquistas sociales.
La importancia del sector quedó planteada, aunque en términos muy sucintos, en el llamado “Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional” (1974-77) que, obviamente, no habría de poder llevarse a cabo. Sin embargo, en dicho Plan se incluía el tema del turismo entre los objetivos y metas a alcanzar en los distintos campos de la vida económica y social. La acción propuesta comprendía dos niveles principales de políticas y de actividades: “Turismo Social” y “Plan de Desarrollo Turístico”, el cual incluía, a su vez, la promoción armónica del turismo interno junto con la del turismo internacional.
Cabe recordar que la base principal de las actividades del sector la constituía entonces, como lo sigue haciendo en nuestros días, el turismo interno, con un desplazamiento de unos 6 millones de personas al año, hacia Mar del Plata, Córdoba, la región Noroeste y la Capital Federal. Lo cual no impediría de ningún modo el gradual crecimiento del turismo internacional, con cifras del orden de 593 mil llegadas en 1969; 694 mil en 1970; 594 mil en 1971 y alrededor de 680 mil en 1972. Año éste en el que los ingresos alcanzaron la cifra de 96 millones de dólares. 
En el Plan dispuesto para el período 1974-77 se trazaban estrategias y objetivos tanto para el turismo local como para el internacional. Así, por ejemplo, se fijaban como prioridades para el “Turismo Interno”: “a) Aumentar la tasa del turismo actual en función de la  incorporación al mercado interno de sectores de la población de menores ingresos; b) Lograr una redistribución territorial del ingreso nacional en base a: el desplazamiento de las corrientes turísticas tradicionales hacia las áreas turísticas marginadas, aún no desarrolladas, buscando el aumento de la estadía media; la orientación de los nuevos estratos de la población recientemente incorporados al turismo, hacia las áreas ya desarrolladas”.
Las estrategias para el “Turismo Externo” eran, entre otras, las de “aumentar el volumen del turismo receptivo, orientando la acción a los tipos de mercado potencialmente importantes: países latinoamericanos –en especial los limítrofes- y aquellos otros que se determinen. Esto se hará de acuerdo con: a) Jerarquización de los mercados en función de las modalidades de desplazamiento; b) Orientando dos tipos de acción para los dos tipos de mercados; países limítrofes: hacia aquellos que presenten áreas de mayor poder de ingreso, corta distancia y mayor volumen de población. Otros: actuando selectivamente dentro de áreas y estratos delimitados de la población para orientarlos a atractivos turísticos específicos. Luego de analizar la situación de la oferta, de la demanda, del Balance de Pagos referidos al ingreso y egreso de viajeros y de la legislación vigente, se propone un Programa de Desarrollo Turístico.
La estructura turística que se plantea para el desarrollo del sector se basa en la zonificación del país en áreas de valor nacional e internacional. En ellas se localizarán los mayores esfuerzos de planificación e inversiones. Se definen objetivos particulares para cada tema: Alojamiento Turístico, Equipamiento Turístico; Infraestructura Vial y Transporte; Protección de Recursos Naturales y Culturales; Desarrollo Urbano; Recursos Humanos; Organización Privada del Sector; Promoción y Legislación; Actividades Impulsoras, y otros, los que enmarcan el problema y darán los lineamientos generales para iniciar los estudios en profundidad”.
Resulta obvio recordar que tales estudios nunca se llevarían a cabo y que lo que acontecería, tras el golpe militar del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”, en 1976, sería promover el turismo internacional receptivo –cuyo techo llegó dos años después, con el Campeonato Mundial de Fútbol- como parte de la política de atraer viajeros de negocios o visitantes con alta capacidad de gasto diario, y el turismo internacional egresivo, sustentado en una moneda fuerte que alentaba los viajes y las inversiones en el exterior, o las compras en Miami con el consabido “deme-dos”.
Las zonas privilegiadas para la convocatoria de llegadas, eran, junto con la ciudad capital, aquellas de mayor atractivo geográfico, como las Cataratas de Iguazú o los Lagos del Sur. Precisamente sobre ellas trabajó inicialmente el gobierno del “Proceso” promoviendo estudios preparatorios, como fueron los llevados a cabo en 1972 y 1976, con apoyo financiero del BID/INTAL, para el desarrollo conjunto con, las políticas dictatoriales vigentes también en ese período en Brasil, Chile y Paraguay, sea para el área internacional de las Cataratas de Iguazú y las Misiones Jesuíticas, o bien para el desarrollo integrado de la Región de los Lagos del Sur, junto con Chile. Estudios a los cuales se sumó en 1978 el referido al llamado “Circuito Oeste”, con la participación de los gobiernos, también militares, de Bolivia y Perú para el establecimiento de circuitos turísticos multinacionales.
El interés por el turismo internacional se acrecentaría con el gobierno democrático de Raúl Alfonsín, al compás de la estatización de la deuda privada y las consecuentes dificultades que ello ocasionaría en la economía, en la balanza de pagos y en la estabilidad de la moneda argentina. En el mismo año de transición a la democracia, la Subsecretaría de Turismo fijó las “Bases para un Plan Federal de Turismo”, en el que se fijaban políticas para la consolidación institucional del sector, incremento del turismo internacional, desarrollo y mejoramiento de la oferta y estímulo al crecimiento de la demanda interna.
La década del gobierno de Carlos Menem incentivó aún más ese interés –aunque ni en su gobierno ni en el anterior se implementaran políticas suficientemente claras al respecto- promoviéndose las inversiones extranjeras y la concentración de capitales sobre los recursos, las industrias y los servicios básicos del país. La Ley de Convertibilidad monetaria que emparejaría el valor del peso argentino con el dólar estadounidense, volvió a promover el turismo internacional egresivo de parte de sectores medios altos y altos, rumbo a los países limítrofes, y también a EE.UU. y Europa, con el consiguiente impacto en la balanza de pagos.
También creció en ese período la llegada de viajeros de alto poder adquisitivo y fuerte capacidad de gasto, procedentes de Europa y de los EE.UU., motivados por razones de “negocios”, a los que se sumaron empresarios y técnicos en función de implementar los acuerdos comerciales celebrados después de la creación del Mercosur. Ello estimuló a su vez las inversiones de las grandes cadenas internacionales de hotelería y servicios turísticos (Caesar Park, Hyatt, Sheraton, etc.) así como de grupos transnacionales interesados en la creación de grandes centros comerciales y urbanísticos (Puerto Madero, Galerías Pacífico, Patio Bullrich, Abasto, etc.) con el consiguiente impacto sobre los consumos culturales y del tiempo de ocio de buena parte de la población.
La Ley de Inversiones Extranjeras sancionada en 1993 y reglamentada ese mismo año, autorizó a los empresarios extranjeros a efectuar inversiones en el país sin necesidad de aprobación previa, en iguales condiciones que los domiciliados en el país, junto con el derecho de repatriar en cualquier momento su inversión y enviar al exterior las utilidades líquidas realizadas. Eso contribuyó a que, si en 1992, las empresas controladas por el capital extranjero generaban un 32,2 por ciento del valor agregado total, dicho porcentaje saltase al 57,2 por ciento en 1998, tras la realización de inversiones que superaron los 35mil millones de dólares en ese período. También ese proceso sirvió al despido de más de 40 mil trabajadores de las empresas extranjerizadas, y a reducir la participación de los asalariados en el ingreso nacional, del 35 por ciento al 28 por ciento.
La política económica, y la política dominante en general, retomó en los años´90 las mismas orientaciones que habían puesto en marcha los economistas y los militares de los años del “Proceso”, con el inicio del desmantelamiento de la industria nacional, simultáneo al que se llevaría a cabo en las organizaciones sindicales y en los derechos sociales. De ese modo, entre 1994 y 1999 la deuda total externa (pública nacional-provincial y privada) se había duplicado, superando los 200 mil millones de dólares, estimándose que entre 1992 y el 2001 se pagaron intereses cercanos a los 49 mil millones; su peso con relación al PBI “registrado” pasó del 59 por ciento al 110 por ciento. Por su parte, el déficit fiscal saltó de 3.800 millones de dólares en 1998 a 7.100 millones en 1999 (del 17 por ciento al 30 por ciento de las reservas del Banco Central).
Parte de la deuda externa nacional está en fondos de inversión donde la presencia de capitales argentinos excede la cifra de 125 mil millones de dólares, lo cual da una idea de la desconfianza existente sobre las posibilidades y el futuro del país por parte de quienes han hecho más negocios en las dos o tres últimas décadas.
Este nuevo tipo de “proceso” impuesto en los años ´90 hizo que la Argentina se convirtiera en el país más endeudado de América Latina y del mundo. La deuda externa es casi seis veces mayor que las exportaciones y los pagos en concepto de intereses y utilidades representan más del 50 por ciento de estas últimas. Como señala el economista argentino Aldo Ferrer, América Latina es la región del mundo más vulnerable en estas cuestiones y nosotros estamos dos veces peor que el promedio regional. 
En el sector turismo, las grandes empresas de hotelería, operadores y servicios, también comenzaron a ser manejadas por capitales extranjeros, con una inversión comprometida para los años 1993 y 1994 del orden de los 824 millones de dólares, la que comprendía 206 establecimientos hoteleros inaugurados y cerca de 200 a inaugurarse o en construcción. Obviamente, estas inversiones no estuvieron destinadas a satisfacer expectativas o demandas de un turismo interno, y menos aún, social, sino a las estrategias del turismo internacional o bien, de minúsculos grupos locales. Cuando no a conocidas prácticas del lavado de dinero u otros menesteres.
Resulta claro que no abundan en la Argentina estudios suficientes sobre la incidencia económica, social y cultural, y menos aún del impacto indirecto o inducido, en la economía, el empleo, el gasto y el beneficio público, y la evolución de las demandas y los consumos. Incluso, los sistemas de información de los organismos nacionales o provinciales a cargo del sector, era en el año 2000, notablemente inferior a la de otros países de la región (México, Brasil, Chile, etc.).
La bibliografía local es prácticamente inexistente y los aportes mayores provienen del campo académico (tesis, monografías, etc.) o de algunos especialistas interesados en el tema, pero de escasa incidencia política y operativa en el sector. La información más relevante, en materia estadística, se concentra en el rubro del turismo internacional que, por momentos, parece excluyente en el tratamiento del tema. Lo cual es coherente con una política nacional y económica que desde hacia varias décadas mira más hacia fuera del país que hacia el interior, y que tratándose de turismo, se remite más a los mercados externos que al interno y a las posibilidades que este recurso ofrece para el desarrollo económico, social y cultural de la Argentina.
Sin embargo, también el turismo internacional –del que, por otra parte, manejamos más datos hoy en día- presenta facetas de sumo interés que exceden las cifras de llegadas y de ingresos o el gasto diario o total por país de origen. Ello conforma una realidad que países como los nuestros no deben subestimar dadas sus implicancias en la economía y en el empleo, así como en la balanza de pagos, además de las que le son propias en los campos del intercambio sociocultural y en los proyectos de integración regional. Razón que justifica sobradamente el análisis de la información principal existente en este rubro tanto en la Argentina como en los restantes países mercosureños y latinoamericanos.
En el caso argentino, la llegada de turistas internacionales responde a una mezcla de motivaciones, entre las que figuran nuevos horizontes económicos (emigración encubierta como turismo en el registro de entradas), negocios, e interés turístico clásico. Los flujos turísticos estuvieron siempre condicionados por las circunstancias políticas y económicas del propio país, como de los países originarios de los turistas.
Si en 1970 se contabilizaban cerca de 700 mil llegadas internacionales y un ingreso de 96 millones de dólares, esas cifras se elevaron en 1985 a 1,5 millón de arribos y a un ingreso de algo de 1.047 millones de dólares. Cinco años después, en 1990, el número de llegadas ascendió a 1,9 millón y el gasto directo de las mismas superó ligeramente la cifra del 85, con 1.131 millones de dólares.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Turismo, en el período comprendido entre 1983 y 1996, el promedio de participación de las llegadas turísticas de países limítrofes ha sido del 76 por ciento, mientras que casi el 11 por ciento del total proceden de los países europeos, observándose una tendencia decreciente de parte de aquellos, al igual que de los Estados Unidos, mientras aumentó la participación de Europa, resto de América y resto del mundo. (Tabla 2.23.)
Tabla 2.23.
ARGENTINA. PORCENTAJE DE LLEGADAS DE TURISTAS,
SEGÚN  PAIS Y REGION. AÑOS 1983-1996
Período                            Países          Resto de        EE.UU.     Europa      Resto del
                                      limítrofes        América                                              mundo
                                   (MERCOSUR)   
Promedio 1983-1988          79,29                4,12            9,33           9,72            2,93      
Promedio 1989-1996          73,78                5,56            5,02          11,33            4,31
Promedio 1983-1996          76,35                4,89            7,03          10,58            3,66
Fuente: Secretaría de Turismo de la Nación.

Aunque el volumen de los arribos internacionales se redujo entre 1991 y 1993, el mismo comenzó a crecer desde el año 94 para alcanzar la cifra de 2,9 millones en 1999.
De un total de 22,8 millones de llegadas registradas entre 1990 y 1999, 16,9 millones correspondieron a los países de América del Sur (74,1 por ciento) y 17,7 millones al total continental (77,6 por ciento). Procedentes de los países de Europa llegaron al país un total de 2,7 millones(11,7 por ciento).
En lo que respecta al volumen de arribos de los países vecinos del Mercosur, ellos totalizaron durante la década, 16,9 millones, lo que significa el 74,1 por ciento del total, y el 95,5 por ciento del total de las Américas. Ellos correspondieron a Chile, 4,6 millones; Uruguay, 4,0 millones; Paraguay, 3,8 millones, Brasil, 3,2 millones y Bolivia, 1.1 millones.
En las cifras anteriores se observa un crecimiento más acelerado a partir del período 1993-94 de llegadas procedentes de Bolivia y Paraguay, debido no tanto a la práctica del turismo convencional, sino a procesos migratorios acentuados con el deterioro socioeconómico y la crisis institucional que se experimentaba en esos países.
Remitiéndonos al último año del período referido, ingresaron a la Argentina en 1999 un total de 2.898.405 personas registradas como turistas, de las cuales, 2.124.382 procedieron de los países del Mercosur, cifra equivalente al 63,3 por ciento de las llegadas. (Tabla 2.24.)
Tabla 2.24.
ARGENTINA. LLEGADAS DE TURISTAS INTERNACIONALES, POR PAIS Y
REGION DE ORIGEN. AÑO 1999.
Total                          2.898.405    (100%)
Mercosur            2.124.318    (73,3%)
        Bolivia                           101.724              ( 3,5%)
Brasil                     451.768     (15,6%)
Chile                     541.163     (18,7%)
Paraguay                 515.914     (17,8%)
Uruguay                 513.749     (17,7%)

Estados Unidos                    249.781      ( 8,6%)
Resto de América               116.732      ( 4,0%)
  Europa              336.676       (11,6%)
Resto del mundo                 70.898      ( 2,5%)
Fuente: Secretaría de Turismo de la Nación.
Los lugares más visitados por el turismo receptivo, en 1996, según la “Encuesta internacional de turismo” realizada por el INDEC para ese año, muestra que el 58,9 por ciento de los mismos (1,5 millones) se concentró en la ciudad de Buenos Aires, mientras que el 6,54 (170 mil) se dirigió a Mar del Plata y la Zona Atlántica; 8,75 por ciento a Mendoza, (227 mil) con predominancia de turismo chileno, y 5,34 por ciento a Córdoba y Región Noroeste. El 20 por ciento restante se distribuyó entre las Cataratas de Iguazú, Bariloche y San Martín de los Andes, y el resto del país.
En relación a los ingresos de divisas ellos pasaron de 1.130 millones de dólares en 1990 2.811 millones en 1999, lo cual representa un incremento cercano al 140 por ciento en esa década.
El total de los ingresos en divisas durante el período 1990-99, equivalió a 20,3 mil millones de dólares, de los cuales, 15,2 mil millones (74,8 por ciento), procedieron del conjunto de las Américas y 2,2 mil (10,8 por ciento). Dentro de esa cifra, la región de América del Norte, que incluye a Canadá, México y EE.UU., aportó 2,8 mil millones de dólares (13 por ciento).
A su vez, los países limítrofes de la Argentina que conforman el espacio mercosureño, representaron 11,1 mil millones de dólares, o lo que es igual, el 54,7 por ciento del total de los ingresos recibidos por el país.
En resumidas cuentas, los países del Mercosur y asociados representan para la actividad turística en la Argentina, más del 74 por ciento de las llegadas internacionales y casi el 55 por ciento de los ingresos totales de dicho turismo.
La diferencia entre ambos porcentajes radica en que el gasto por estadía y por persona de los países limítrofes, que incluye solamente alimentación, alojamiento, movilidad interna y diversión, ocupó en 1999, según el INDEC, un promedio de 727 dólares, mientras que el turismo procedente de EE.UU., Europa y del resto del mundo, fue de 1.573 dólares, algo más del doble que el anterior. 
Para evaluar los términos de la cuenta de la balanza de pagos, debe destacarse, sin embargo, la importancia que ha tenido en la Argentina el turismo egresivo, cuyo gasto ha sido superior al procedente del turismo receptivo, con lo cual convirtió en deficitaria dicha cuenta a lo largo de las últimas décadas.
La salida de argentinos al exterior que fue de 1,4 millón en 1985, saltó a 2,2 millones en 1990, y a 5, millones en 1999, con un egreso de divisas de 675 millones de dólares en el primero de esos años 4.107 millones de dólares en el último. Ello ocasionó durante los años ´90 saldos crecientemente negativos para el país, en cifras que ascendieron de 374 millones de dólares en 1990, a 1.046 millones en 1995 y a 1.296 millones en 1996.
Argentina es, junto con Brasil, el país de subregión que ha presentado en los últimos años una balanza de pagos constantemente negativa, la que ha llegado a representar un saldo desfavorable de más de mil millones de dólares por año. Dicha balanza negativa se ha mantenido también entre el año 2000 y el 2001 y no parece haber indicios que se detenga, salvo que acontezcan fuertes cambios en la relación peso-dólar o en la situación económica del país. (Tabla 2.25.)

Tabla 2.25.
ARGENTINA. TURISMO INTERNACIONAL RECEPTIVO Y EGRESIVO
AÑOS 1990-1999

Año        Llegadas      Salidas        Ingresos brutos       Egresos brutos    Saldo balanza              
                (miles)        (miles)            (millones US$)          (millones US$)      (millones US$)
1990         1.930        2.218           1.131             1.505         -      374
1991         1.708        3.245           1.241             2.145         -    1.904
1992         1.703        3.995           1.413             2.613         -    1.200
1993         1.918        4.301           1.625             3.117         -    1.492
1994         2.089        4.561           1.862             3.306         -    1.444
1995         2.288        4.232           2.144             3.190         -    1.046
1996         2.613        4.530           2.542             3.497                -       955
1997         2.764        4.990           2.693             3.874         -    1.181
1998         2.969        5.606           2.888             3.993         -    1.105
1999         2.898        5.691           2.812             4.107         -    1.295
Totales       22.880           43.369          20.351           31.347                   -  10.996
Fuente: Elaboración propia con datos de OMT.
Datos oficiales indican que, si desde 1998 la economía nacional retrocedió el 5,7 por ciento y el ingreso de la población ocupada disminuyó el 8 por ciento, los argentinos gastaron en el exterior en el año 2000, entre viajes y transportes aéreos (aeropuertos de Ezeiza y Aeroparque) y fluviales y marítimos (Puerto de Buenos Aires), 5.565 millones de dólares, lo cual representó un aumento del 6,4 por ciento en la salida de divisas, en relación al año precedente. Estas cifras no incluyen a los que salieron del país por los aeropuertos de otras provincias. Tampoco toman en cuenta los viajes terrestres de turistas a los países limítrofes.
Según datos del INDEC, en el 2000 viajaron al exterior 2.573.612 personas, un 5,4 por ciento más que en 1999. En cambio, disminuyó el número de llegadas, que se achicó en un porcentaje ligeramente inferior.
Incidieron en el aumento del turismo egresivo diversos factores, entre ellos, la devaluación de la moneda brasileña, la sobrevaluación del peso argentino frente a la moneda europea, el mayor número de argentinos que emigran hacia el exterior, y el crecimiento de los viajes de negocios, tanto por la extranjerización de la economía como por el crecimiento de vínculos comerciales con los países del Mercosur.
El déficit del año 2000 en la balanza de pagos, ascendió en consecuencia, a 2.335 millones de dólares, cifra equivalente a casi el 10 por ciento de lo que el país exporta por año.
Los destinos del turismo internacional argentino se concentran principalmente en los países limítrofes (Brasil, Uruguay y Chile) aunque una buena proporción de los mismos se orienta hacia los EE.UU. y Europa. A lo largo de los años ´90, España y los restantes países europeos se beneficiaron con el arribo de 5,3 millones de turistas argentinos, lo que representó el 12,2 por ciento del total de las salidas turísticas internacionales, porcentaje parecido al de los flujos europeos hacia la Argentina.
La vivienda en el exterior, a manera de doble residencia o residencia temporaria, ha representado para la Argentina erogaciones en divisas por más de 4 mil millones de dólares en propiedades inmobiliarias en la ciudad de Miami y por una cifra cercana a los 3 mil millones en las playas de Punta del Este, en Uruguay, con más de 11 mil propiedades en manos de ciudadanos argentinos de clase media alta y alta.
Para la Federación Empresaria Hotelera y Gastronómica (FEHGRA), alrededor de 60 mil empresas argentinas estaban vinculadas en el año 2001 al turismo, de las cuales un 55 por ciento correspondería a hotelería y gastronomía. A ellas se sumaban, según datos de esa Federación, unas 4 mil agencias de viajes. Del total, un 88 por ciento eran pequeñas y medianas empresas.
De acuerdo con cifras proporcionadas por el INDEC y la Secretaría de Turismo para el año 1999, la cantidad de establecimientos hoteleros, apart-hoteles y otras formas de alojamiento  existentes en el país, era de 7.562 –con un estimado de 423.538 plazas, de los cuales, sólo 33 eran de 5 estrellas, 182 de 4 estrellas, y unos 2.400 de entre 3 y 1 estrellas-. Los restantes, cerca de 5.000 correspondían a otras formas de alojamiento, que incluye residenciales, hosterías, hospedajes, moteles, hostales, pensiones, refugios, posadas, estancias, cabañas, bungalows y hoteles sin categorizar.
Alrededor de 1.250 establecimientos (16,5 por ciento del total) se concentra en la Ciudad de Buenos Aires, y unos 2.180 (28,8 por ciento) lo hace en la provincia de Buenos Aires, principalmente en sus ciudades balnearias y en la ciudad de La Plata. Las otras provincias con mayor cantidad de establecimientos son precisamente aquellas que convocan a mayor número de turistas: Córdoba, 965 establecimientos (12,7 por ciento), Neuquén, Chubut y Río Negro, en el sur patagónico y cordillerano, con algo más de 926 establecimientos (12,2 por ciento), seguidas por Entre Ríos (259 establecimientos), Santiago del Estero (212) y San Luis (194).
El personal total ocupado en los establecimientos hoteleros de entre 3 y 5 estrellas solamente, sumaba en 1994 la cifra de 14.400, de acuerdo con la “Encuesta Nacional sobre Recursos Humanos en Turismo”, realizada ese año. El personal total ocupado entonces por el sector se estimaba en 450 mil personas.
Obviamente los turistas internacionales con mayor capacidad de gasto se concentran en hoteles de 4 y cinco estrellas de Buenos Aires, Mar del Plata, Bariloche y zona cordillerana, Iguazú, etc., mientras que la mayor parte del turismo interno y de los de países limítrofes e interno utiliza los servicios de esas verdaderas PyMEs de la hotelería argentina, diseminadas en balnearios de la costa Atlántica, Córdoba, Mendoza, San Luis, Santiago del Estero, Entre Ríos y otras provincias.
Aunque escasean, y a menudo no existen, cifras confiables sobre el turismo interno, el total de turistas argentinos que se desplazó por su propio país, de acuerdo con datos estimativos de la Secretaría de Turismo, representaba en 1994 la cifra de 18 millones de personas, es decir, el 50 por ciento de la población total. (El número de llegadas internacionales registradas para ese año fue de unos 2 millones de personas).
Cabe recordar que de los aproximadamente 10 millones de turistas que la ciudad de Buenos Aires recibe cada año, 7 millones proceden del interior y alrededor de 3 millones del exterior. Asimismo, el 72% de los visitantes extranjeros viene de los países limítrofes (Uruguay, 28%; Brasil, 15%; Chile, 15%; Paraguay, 8%; Bolivia, 4%; resto de América Latina, 5%). Sólo el 28% es originario de otras regiones, particularmente de Europa. En cuanto a los visitantes nacionales que arriban a la ciudad Capital, el 53% proviene de la región central del país y el 47% de las otras regiones.
Un antecedente importante para aproximarnos al gasto local privado en materia de turismo lo constituye la “Encuesta nacional de gastos de los hogares”, llevada a cabo por el INDEC en la Región Metropolitana del Gran Buenos Aires, para el período 1996-97, aunque la misma, por inexistencia de una Cuenta Satélite de Turismo en las estadísticas de Economía, incluye el gasto nacional turístico en el rubro de “Esparcimiento y cultura”, que abarca consumo de medios y bienes culturales, deportes, tiempo libre, etc. Cifras estimadas, circunscriptas al gasto en vacaciones y turismo, indicaban que el porcentaje destinado a esas actividades, según los ingresos mensuales hogareños, oscilaba entre el 0,36 por ciento en los de nivel más bajo y el 4,54 por ciento en los de nivel más alto. (El porcentaje del gasto en el total de “Esparcimiento y cultura” era del 3,82 por ciento y del 11,73 por ciento, respectivamente para esos niveles de hogares). 

Buenos Aires, 2009.

2 comentarios:

  1. Siempre me ha interesado el turismo y todo lo relacionado. Me encanta recorrer el mundo. En este momento estoy reservando hospedaje dentro de la hoteleria en miami para ir a las playas de esa ciudad del estado de Florida

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  2. Muy buen trabajo. Deseo acotar que en 1880 el Dr. Antonio Palau fundó en Rosario de la Frontera, Salta, el primer balneario termal de Sudamérica, y que en 1886 Domingo Faustino Sarmiento, de visita en el lugar, cuenta que había turistas uruguayos y españoles. En la Exposición Universal de Chicago, EEUU (1892) y en la de Saint Louis (1904) el Balneario del Rosario fue galardonado al igual que el Agua Mineral Palau de mesa, la primera embotellada en la Argentina.

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